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Tenemos muchas cosas, pero ¿Cómo nos relacionamos con ellas?

Durante mucho tiempo me llamó la atención la cantidad de objetos que actualmente tenemos en nuestra casa. Las cosas que nos rodean pueden ser simples posesiones o habitantes de nuestro hogar. Pensemos un segundo, si nos pusiésemos a contarlos, uno por uno ¿Cuántos objetos tendríamos? Miles, me atrevo a decir. Me surgen muchas preguntas: ¿son todos iguales? ¿les dedicamos la misma atención? ¿tenemos cosas de usar y tirar o somos de conservar y reparar? Y de todos los objetos que pueblan nuestro hogar, ¿de cuáles nos costaría muchísimo desprendernos?

Siempre pienso que si me dieran una maleta y sólo pudiera conservar lo que metiese en ella, la elección sería muy difícil, pero con algún sacrificio lo conseguiría. Algo así, aunque sistemáticamente expuesto, contaba Marie Kondo en su libro La magia del orden con la idea de que si nos rodeamos sólo de las cosas que verdaderamente nos gustan nos sentiremos más a gusto en casa y tenerlo todo ordenado será una tarea menos imposible… Y es que hay cosas que queremos, les tenemos cariño, afecto y nos une una relación especial.

maleta de piel antigua sobre suelo con hierba verde.

Cuando leí ese libro estaba yo en un momento de reubicación y estaba desprendiéndome de muchas cosas. Me sirvió, en concreto, uno de los consejos que venía a decir que te quedes con aquellos objetos que te transmitan algo cuando los tengas en tus manos. Entendí esto a la primera porque es una sensación que experimento desde siempre. Quizá suene extraño decir esto en este mundo científico y racional, pero yo creo que las cosas tienen alma, si se la das.

De objeto inanimado a contenedor de emociones

Hablando siempre desde mi experiencia personal, desde pequeña siento que las cosas no son sólo objetos. Ese paisaje doméstico que me rodeaba tenía brillos, texturas, colores, que se entremezclaban con mis juegos y mis miradas y en el que yo, sin darme cuenta, iba depositando mis vivencias. ¿Cómo nos relacionamos con las cosas que nos rodean?

Los juguetes tantas veces usados, aquel jueguecito de café de plástico que imitaba a Sargadelos; las pinzas de la ropa con las que aprendimos los colores, las lágrimas de cristal de la lámpara, el bote de los jabones de mi abuela. Esos eran, además de cosas, tesoros. Y lo eran no por su valor, sino por contener mis pensamientos. Nuestra relación era más profunda, había credo un vínculo al reconocer en ellos el valor de la belleza.

La belleza y el sentido de las cosas.

De esto me he dado cuenta mucho más tarde, claro. Y principalmente cuando empecé a vivir como artista y a crear mis piezas. Hay un componente emocional muy grande en los objetos que ha hecho alguien a mano. Realmente creo que se nos va un poquito ( o un «muchito», depende) de nosotros en nuestras creaciones. Esa búsqueda de la belleza se transmite al que observa la pieza, y lo que significa la belleza para nosotros traspasa la frontera de la mente.

Recientemente reflexionaba sobre cómo trato a mi propia obra, incluso conté en un podcast mi experiencia y parte de esas reflexiones. A raíz de esos pensamientos, decidí empezar un registro de mi trabajo artístico. Quería anotar en un cuaderno las características principales de cada pieza, pero no siguiendo la ficha técnica normal como en cualquier exposición, sino describiendo un poco más las circunstancias en las que la hice, lo que me preocupaba en ese momento, por qué había elegido esos materiales…etc.

El objetivo es intentar entender mejor mi proceso creativo y a mí misma. Es un ejercicio que recomiendo a cualquier artista, si no es que ya lo hacéis. Lo recomiendo porque, además de servir para vosotros mismos, cuando alguien os pregunte por vuestra obra, o por un trabajo en concreto, es muy bonito poder transmitir la profundidad de la creación teniendo las cosas claras por la reflexión previa.

Piezas que transmitan emociones.

Aquí retomo la idea de Marie Kondo del valor de los objetos que te transmitan algo al sostenerlos con tus manos. Cuando empecé mi cuaderno lo hice con la serie de cuencos Arena Azul. Es una serie corta y cada cuenco es ligeramente diferente a los demás. Los hice a mano en gres con la técnica de la bola.

Anoté en mi cuaderno que esta técnica prehistórica es la que más tranquilidad me produce. Normalmente trabajo de pie, pero para hacer mis cuenquitos de bola me suelo sentar y apoyar las manos en el regazo. Es casi una postura de meditación y me relajo inmediatamente. Es lógico que esta serie transmita calma. Cuando cojo uno de esos cuencos en mis manos su forma redondeada y amable se adapta perfectamente al hueco de las palmas y los dedos lo rodean. Cuando están calentitos (en las pruebas para ver si funcionan bien para beber té) son mucho más agradables, como animalitos que se cobijan en invierno. Todas esas sensaciones percibo cada vez que cojo uno de estos cuencos y así se lo transmito a las personas que se interesan por ellos y quieren llevarlos a su hogar.

Cerámica que te acompaña toda la vida

Mi deseo como artista es crear piezas que cumplan esa idea: que te acompañen toda la vida. Piezas de una belleza sencilla, capaces de encontrar su hueco en tu hogar. Cerámicas amables que guste acariciar y que cuando tengas en las manos te cuenten que las hicieron una mañana a la sombra de un gran árbol, que traen su calma y ese saber estar de las vidas longevas.

Esa sensación de que los objetos creados a mano contienen parte del alma de sus creadores se ha magnificado últimamente. Y me he dado cuenta de que en dos de mis últimas piezas lo he señalado de forma plástica con un pequeño cuenco hecho a partir de una bolita y el dedo índice, relleno de vidrio rojo. Creo que con ese gesto les he puesto un corazón.

Simpatía por los objetos cotidianos

Para terminar, me gustaría decir que las cosas que nos rodean pueden influir en nosotros, y el modo en el que nos relacionamos con ellas también. En su libro La conquista de la felicidad, el filósofo Bertrand Russell, decía que un camino para alcanzar ese anhelado estado es desarrollar una especie de amistad o simpatía no sólo hacia las personas, si no hacia las cosas.

Siendo amable con ellas, mostrando respeto a los objetos, teniendo cosas que nos inspiren ese respeto y esas ganas de cuidarlas, nos relacionaremos con nuestro entorno de un modo que nos dará felicidad. Yo intento llevarlo a cabo en mi vida. Huyo de objetos vacíos de contenido, compro cosas hechas a mano y escucho a quienes las elaboran. Creo mis propias vajillas, mis platos y mis cuencos y poner la mesa en casa cada día se convierte en una ocasión especial. Elijo los libros que compro y tengo muy pocos muebles.

No lo veo como austeridad, sino que necesito sentir el espacio despejado y crear una madriguera acogedora para que mis cosas vivan a gusto. El día a día puede pasar de tropezar con todo a dedicar una caricia al jarrón del escritorio en el que me siento a escribir, acordándome de cuando mi madre corta las rosas y las pone en agua.

Y tú, ¿Cómo te relacionas con los objetos? ¿Tienes cosas especiales que te hacen sentir bien? Cuéntamelo en comentarios o escríbeme aquí. ¡Gracias por leer y hasta la próxima semana!

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