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Esta es la primera publicación de 2021 y quiero aprovechar la ocasión para compartir algo que siempre me ha gustado: los mundos de la cerámica, un material presente en infinidad de sitios, cotidiano y extraño a la vez, antiguo y actual, un material humilde, el barro, que es capaz de unirnos sea cual sea el mundo del que vengamos.

Y es que una de las cosas que más me llama la atención es que, a través de la cerámica he conocido a personas muy diversas, con profesiones muy distintas. Sin embargo, han venido a La Escalera a compartir su tiempo conmigo por una pasión común: crear con barro.

Recuerdos comunes que nos vinculan

Cuando alguien viene a mi taller a hacer un curso o una experiencia siempre le pregunto si es la primera vez que mete las manos en la arcilla. Al principio muchas personas me dicen que no, pero luego yo les digo: «¿Y no hacíais ceniceros en el colegio?» A esta pregunta le suelen seguir risas y, a veces, hasta carcajadas. Entonces esas neuronitas que tenemos en algún lado dicen: «¡Sí! ¡Hicimos un cenicero!»

Ya tenemos el recuerdo: nuestras manos pequeñitas jugaban con la arcilla roja y componíamos, mejor o peor, nuestro primer cacharrito. El tacto del barro no se olvida y en ese momento volvemos a conectar con el material.

Con el recuerdo aún danzando, sigo preguntando. En ocasiones no ha ido más allá el contacto con el barro. Otras personas sí lo han visto más, como quienes han estudiado Bellas Artes. En estos casos, se repite la frase: sí, en escultura, pero como un medio. Aquí me da pena del pobre barro ya que no era el protagonista, no hacían que valiese por sí mismo…Por eso, quienes se vienen a hacer cerámica se sorprenden de lo maravilloso que es este material y de la vida artística que puede generar si se le quiere un poquito…

Muchos mundos que se tocan

Cuando empecé a estudiar cerámica artística, en la Escuela Della Robbia (Gelves), me gustó mucho ver que el perfil de los alumnos era muy variado. Allí había de todo, desde licenciados en cosas diversas, letras y ciencias, amas de casa, gente de ciudad, de pueblos y de todas las edades. Todos teníamos en común que nos llamaba mucho la cerámica y cada uno aportaba su visión y su experiencia. A mí me ha servido mucho ser arqueóloga para mi formación en cerámica y ser ceramista para mi trabajo como arqueóloga. Todas las profesiones tienen algo que aportar y de lo que beneficiarse.

Y esa confluencia se da porque la cerámica abarca muchos mundos: la geología, la química, la historia del arte, la tecnología, la arqueología, el diseño, el arteterapia, la escultura, pintura y otras técnicas artísticas…todo se aúna en el quehacer del ceramista. Unas personas tienden más hacia un camino que hacia otro y otras los mezclamos, pero lo importante para mí es que nos une.

Esta vinculación por medio de la cerámica la he vuelto a comprobar en la Escuela de Arte de Cádiz. Un grupo de nuevo variopinto y maravilloso, cada uno con su bagaje y sus ideas, disfrutando como niños haciendo platos y esculturas. Esto es muy bonito y por eso quiero empezar las publicaciones del año con este tema. Siempre he pensado que es más lo que nos une que lo que nos separa, y el amor por la cerámica hace que personas de orígenes y ámbitos muy diferentes se unan y disfruten aprendiendo unos de otros.

Compartiendo mundos en La Escalera

A lo largo de este año pasado habéis venido muchas personas a La Escalera precisamente a eso, a compartir el interés, la curiosidad y el gusto de tener arcilla en las manos y hacer una pieza propia. Del mismo modo, la historia se repite: mis alumnas y alumnos son profesoras, farmacéuticas, artistas, médicos, arquitectos, ingenieros de diversas cosas, monitoras de yoga, ceramistas y muchas otras cosas más.

Es cierto que mayoritariamente son mujeres, curiosas, valientes y creativas, capaces de crear un hueco en sus rutinas para aprender una cosa más. Me admiráis y me encanta teneros por aquí. Aunque también me alegra el hecho de que cada vez sean más los chicos que se animan a venir y a disfrutar del barro.

Con esta diversidad cada clase es un reto y aburrirse es imposible. Con el dichoso Covid las clases son particulares o en parejas y eso ha potenciado que se cree un ambiente más cercano del que disfruto mucho. Por la misma razón, las clases son más personalizadas y cada persona me plantea cosas muy distintas. Mi trabajo es algo que me llena y sentir que se van creando redes y vínculos entre personas diversas gracias al barro hace que todavía me enamore más de este material…

Me despido con esta reflexión: cosas simples como hacer un cuenco nos conectan y nos unen desde la prehistoria. Sigamos haciéndolo…

Como siempre, si tienes comentarios son bien recibidos y si tienes alguna consulta, ¡anímate y escríbeme!

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